Lo que se hereda
El talento técnico en Durango está mejor de lo que muchos creen. La brecha no es de capacidad: es de oficio alrededor de la capacidad.

Apenas pasé junto a las mesas de trabajo en uno de los salones, un chico se puso de pie. Antes de que yo terminara de orientarme, ya estaba frente a mí. Me preguntó si era uno de los jurados, dijo su nombre completo, extendió la mano y dijo algo que no recuerdo haber escuchado en años: espero que sea de su agrado lo que voy a presentarles.
Honestamente, lo primero que pensé fue que el gesto sobraba. Un evento con cien estudiantes corriendo entre cables y café no parecía el lugar para ese tipo de formalidad. Me tomó unos segundos darme cuenta de que estaba leyéndolo mal: lo que parecía protocolo era respeto, y de una clase que ya casi no se ve.
Había llegado al Instituto Tecnológico de Durango media hora antes de la hora de citación a los jurados, con la intención de caminar las instalaciones con calma, recorrer pasillos donde estudié hace más de dos décadas, buscar con tiempo a los organizadores y saludar a algunos de los maestros de aquella época, que siguen ahí, dando clase, formando a la siguiente generación. Cuando reconocí a uno de ellos —el mismo que hace veinticinco años me empujaba a pensar fuera de los márgenes que el plan de estudios marcaba— se me hizo más nítido para qué estaba ahí.
Hay algo particular en regresar a un lugar donde los maestros que tuviste son los mismos que tienen estos chicos. Los edificios pueden ser nuevos, los rostros de los estudiantes también, pero la voz del salón de al lado la reconoces.
El reto que se les había puesto a los equipos era concreto: resolver problemáticas sociales o ciudadanas de la ciudad de Durango. No un ejercicio abstracto sobre un caso de estudio lejano, sino la propia ciudad. Lo que duele aquí, lo que falla aquí, lo que se podría hacer mejor aquí. Veintitrés equipos, veinticuatro horas, más de cien cabezas pensando en cómo mejorar el lugar donde viven.
Voy a decir lo primero que vi, con la mayor honestidad de la que soy capaz: el talento técnico estaba ahí, y no era talento fingido ni inflado ni de presumido. Estaba, y se notaba. Lo que algunos equipos lograron levantar en veinticuatro horas fue, sencillamente, excepcional: plataformas que ya estaban operando, integraciones que respondían, ideas pensadas con cariño y ejecutadas con manos que se notaba que llevaban tiempo en el teclado. Algunos chicos mostraron eso que no se enseña en ningún plan de estudios y que se nota cuando aparece: el talento nato, el que viene con la persona y que solo necesita un escenario para asomarse.
El esfuerzo también se respiraba en el lugar. Cuando entras a un auditorio donde llevan diez, doce, dieciocho horas trabajando sin descanso, te lo dicen el café tirado, los cargadores cruzados y las miradas. Nadie estaba ahí por relleno; todos estaban jugando en serio.
Horas más tarde, cuando le tocó pasar a exponer al mismo chico que me había saludado al entrar, descubrí algo que tampoco esperaba: su proyecto lo había desarrollado él solo. Era un equipo de un integrante: hardware ensamblado por él mismo, software corriendo encima, una plataforma completa funcionando de extremo a extremo. Justo antes de su turno tuvo un contratiempo técnico que no estaba en sus manos resolver de inmediato; le ofrecimos cambiar el turno con el último equipo para que pudiera tomarse unos minutos.
No hubo prisa en su cara. Ningún gesto de pánico.
Cuando volvió, su demostración fue impecable. Sin titubeos, sin soberbia, con respuestas sólidas a cada pregunta y una confianza que no venía del ego sino del trabajo hecho.
Lo que estaba viendo era preparación que se ha vuelto costumbre. En el cuerpo se siente como tranquilidad.
Eso me regresó a una escena de hace veintitrés años. Estábamos presentando en un Evento Nacional de Emprendedores representando al ITD, frente a otro jurado y en otro escenario, cuando a mitad de la exposición se fue la luz. Se apagaron los monitores, se apagaron los equipos, se apagó todo. Casi por reflejo, había dejado una laptop al lado con la presentación ya cargada. La acerqué a la mesa del jurado y seguimos con la presentación como si nada. No fue valor ni fue talento; fue, simplemente, que habíamos llegado preparados. Lo que vi en ese chico esa tarde fue lo mismo: resiliencia que no se grita, se demuestra. Y se aprende rápido cuando alguien señala el camino.
Lo que sí me preocupó, y lo digo porque hay que decirlo, es lo que faltaba alrededor del código.
La mayoría de los equipos tomaba dos minutos en plantear el problema que iban a resolver. Dos minutos, de cuatro que tenían en total. Cuando llegaba el demo —que es lo único que realmente importa en un evento así— les quedaban apenas otros dos. Veinte segundos habrían bastado para describir el problema, y veinte segundos bien escritos valen más que dos minutos sin enfoque.
Hubo demos con interfaces muy pulidas y bien logradas, encima de ejecuciones técnicas que no aguantaban una pregunta de fondo. Y hubo también lo contrario: trabajo técnico sólido con un envoltorio que no le hacía justicia. Storytelling, modelo de negocio, análisis de gasto e inversión, argumento de venta: la parte estratégica de un producto, que no es accesoria sino la mitad del trabajo, estaba prácticamente sin tocar en casi todos los proyectos. No por flojera, sino por desconocimiento. Nadie les ha dicho que ese músculo también se entrena.
Hay una observación más que no quiero pasar por alto. De veintitrés proyectos enfocados en problemáticas sociales y ciudadanas, solo dos proponían el uso de inteligencia artificial como parte de su solución. Y muy pocos, se notaba, habían apoyado su propio desarrollo en herramientas de IA. La generación que tiene la IA al alcance de la mano desde antes de salir de la prepa todavía no la está usando como herramienta de trabajo, ni la está incorporando como parte del cómo resolver los problemas de su propia ciudad. No estoy hablando de usarla por moda, estoy hablando de no estar tomando la palanca más grande disponible en este momento para construir más rápido, más lejos y mejor.
Eso también se enseña, y se aprende.
Salí del Tec esa tarde con dos certezas y una intención.
La primera es que el talento técnico en Durango está bien. Mejor de lo que muchos creen. La segunda es que la brecha no es de capacidad, es de oficio alrededor de la capacidad, y eso —a diferencia del talento— sí depende de quién esté dispuesto a sentarse a transmitirlo.
La intención la tengo clara, aunque todavía no le voy a poner forma concreta aquí. En su momento la cuento.
Gracias a ACISTI por la invitación y por la organización impecable del evento. A la comunidad Tech Crafters por la difusión y el acompañamiento. A los maestros del ITD que siguen dando clase ahí, con la misma energía con la que daban clase hace veinticinco años. Y a los más de cien chicos que pasaron veinticuatro horas construyendo cosas de cero para mejorar la ciudad donde viven, por recordarme que el oficio se hereda solo cuando alguien decide pasarlo.
Nos vemos pronto.